probando popups
Monday, March 06, 2006
Tuesday, February 21, 2006
Friday, February 17, 2006
Monday, January 09, 2006
prueba
Un importante lote de pinturas de algunos de las más destacadas figuras del movimiento surrealista internacional saldrán a subasta el próximo 6 de febrero en la sala Christie's, de Londres.
Entre las obras que se ofrecerán al mejor postor figura "Galatea", del español Salvador Dalí (1954-1956), retrato de su musa, Gala, como una belleza clásica que parece levitar en el espacio sobre la serena bahía de Port Lligat.
Thursday, December 02, 2004
una manito de gato
Hace un par de años atrás, el por entonces Jefe de la División de Cultura, Claudio Di Girolamo, dijo que se iba a poder hablar de industria en el cine chileno cuando hubiesen en cartelera compartiendo al mismo tiempo películas muy buenas y de las otras. Si le damos el sí a di Girolamo, entonces podemos decir que gracias a Mujeres Infieles podemos al fin hablar de industria cinematográfica made in Chile.
Y es que esta ópera prima de Ortúzar es una muy buena mala película. O mejor dicho: es un muy pobre guión, con personajes mínimamente desarrollados (casi arrojados al ruedo), pero que tiene los ingredientes básicos de una película industrial: gran campaña de marketing y buena fotografía. Es decir, es una cinta pensada única y exclusivamente para vender. Nada más.
Como Ortúzar no es nada de tonto, y para que nadie salga reclamado o decepcionado de las salas de cine, ha repetido hasta el hartazgo sus simples y claras pretensiones: “Si no hay películas comerciales –dijo en Las Últimas Noticias-, la industria del cine no funciona, aunque siempre ha existido la noción de que eso es venderse o prostituirse. Mi objetivo ha sido realizar un largometraje que llegue a la mayor cantidad de gente posible, que provoque reacciones en esa gente y que, además, responda a los inversionistas”.
Todo comienza por un mal chiste: una conductora top (María José Prieto) de televisión junto a su amante (Cristián Campos), se encuentran en un motel –y no precisamente hablando de la Apec- cuando producto de un escape de gas se produce una explosión, accidente que es cubierto “en vivo y en directo” por el compañero-enemigo (Daniel Alcaíno) de trabajo de la periodista. Por cierto las repercusiones no se hacen esperar y de ahí en más comienza a sucederse distintos sketch (para no decir otra cosa) con situaciones de infidelidades femeninas, las que abarcan desde una mujer con su hijastro hasta la de una conservadora dueña de casa con –no le dio para más- un consolador, pasando por otra que tiene una relación lésbica.
De ahí en más, y con hartos desnudos mediante para generar “impacto” mediático, se desarrolla una sucesión de escenas que uno debe suponer que son cómicas, porque la verdad es que de ingeniosas tiene bien poca. Para ser más gráficos, el libreto de Mujeres Infieles podría encajar perfectamente en Siempre Contigo del Pollo Fuentes. Y si por de comparar se trata, la serie Ídolos de TVN, que también ha sido promocionada como “erótica”, le da cancha, tiro y lado a esta película que mal no le irá (de hecho ha sido la tercera película chilena más vista en su primer fin de semana con 17 mil espectadores superando a Cachimba y Mala Lecha, por ejemplo), pero que pronto nos olvidaremos de una forma tan rápida como se la consume. Pero bien por el cine chileno: al fin tenemos una gran película mala.
Como Ortúzar no es nada de tonto, y para que nadie salga reclamado o decepcionado de las salas de cine, ha repetido hasta el hartazgo sus simples y claras pretensiones: “Si no hay películas comerciales –dijo en Las Últimas Noticias-, la industria del cine no funciona, aunque siempre ha existido la noción de que eso es venderse o prostituirse. Mi objetivo ha sido realizar un largometraje que llegue a la mayor cantidad de gente posible, que provoque reacciones en esa gente y que, además, responda a los inversionistas”.
Todo comienza por un mal chiste: una conductora top (María José Prieto) de televisión junto a su amante (Cristián Campos), se encuentran en un motel –y no precisamente hablando de la Apec- cuando producto de un escape de gas se produce una explosión, accidente que es cubierto “en vivo y en directo” por el compañero-enemigo (Daniel Alcaíno) de trabajo de la periodista. Por cierto las repercusiones no se hacen esperar y de ahí en más comienza a sucederse distintos sketch (para no decir otra cosa) con situaciones de infidelidades femeninas, las que abarcan desde una mujer con su hijastro hasta la de una conservadora dueña de casa con –no le dio para más- un consolador, pasando por otra que tiene una relación lésbica.
De ahí en más, y con hartos desnudos mediante para generar “impacto” mediático, se desarrolla una sucesión de escenas que uno debe suponer que son cómicas, porque la verdad es que de ingeniosas tiene bien poca. Para ser más gráficos, el libreto de Mujeres Infieles podría encajar perfectamente en Siempre Contigo del Pollo Fuentes. Y si por de comparar se trata, la serie Ídolos de TVN, que también ha sido promocionada como “erótica”, le da cancha, tiro y lado a esta película que mal no le irá (de hecho ha sido la tercera película chilena más vista en su primer fin de semana con 17 mil espectadores superando a Cachimba y Mala Lecha, por ejemplo), pero que pronto nos olvidaremos de una forma tan rápida como se la consume. Pero bien por el cine chileno: al fin tenemos una gran película mala.
Thursday, November 25, 2004
Horas extra
En la liquidación de noviembre cobraré 6 horas extra. No sé cómo se calculan, pero ya estoy en proceso de averiguar. ¿Por qué las horas extra? Por quedarme tarde hasta después del trabajo supervisando la certificación de los medidores de la central. Esto es un proceso acordado por contrato entre Codelco y Pacific Hydro (jáidro); se trató de hacer antes, pero en esa ocasión, la empresa que vendió los medidores envió a un par de incompetentes para que hicieran la certificación. Como el contrato dice que esta certificación se debe hacer sí o sí, también especifica que hayan representantes de las dos partes presentes, y es por eso que, entre otros, me encontraba yo. Así, la primera vez, el proceso se canceló porque les incompetents empleaban un proceso que no tenía nada de científico y mucho de empírico: mucha prueba y error y poco método.
Cada proceso tiene su anécdota, y tras una tardanza tibiamente explicada (débilmente defendible) y tras culpar a la coordinación, se inició nuevamente el proceso de certificación, con técnicos de otra empresa. Esta vez sí, los técnicos sabían lo que hacían, y la preparación y experiencia era visible. Pero el segundo día, tras quedar de acuerdo en que las pruebas se iniciaban a las 8:30 de la mañana, los muchachos del equipo certificador llegaron con media hora de retraso.
Al verlos, les dije Estuvo bueno el carrete! ya que la tardanza y la buena onda del día anterior permitía bromear con ellos. Uno de ellos se murió de la risa del chiste con una sonora carcajada, a pesar de lo fome, y me llamó la atención que el otro estuviera masca que te masca chicle, cosa que el día anterior no lo ví hacer. No bromeo si digo que estuvo masticando chicle hasta casi la hora de almuerzo - cerca de 4 horas non-stop. Otra cosa que hizo encender mis luces de advertencia era la explicación dada para justificar la tardanza: "nos perdimos"... Increíble!
Si el camino es muy sencillo: subir la Carretera el Cobre, llegar a la barrera, doblar a la derecha (porque no se puede pasar la barrera sin autorización) seguir hasta que termina el camino (ignorando la Carretera del Ácido, debidamente señalada) y desde ahí, casualmente, se ve la central, así que no hay cómo perderse, a no ser que... La explicación a la tardanza, la carcajada y al mastique incesante vendría solita: cuando le pregunté al masticador por unos detalles de los datos tomados el día antes (que estaba transcribiendo), éste se acercó para responder y me llegó de pleno un tufillo rancio de Bigtime con licor. Los técnicos no se perdieron camino de la central, sino que camino del hotel; entonces les dio sed y lo demás puede imaginarse fácilmente.
Al verlos, les dije Estuvo bueno el carrete! ya que la tardanza y la buena onda del día anterior permitía bromear con ellos. Uno de ellos se murió de la risa del chiste con una sonora carcajada, a pesar de lo fome, y me llamó la atención que el otro estuviera masca que te masca chicle, cosa que el día anterior no lo ví hacer. No bromeo si digo que estuvo masticando chicle hasta casi la hora de almuerzo - cerca de 4 horas non-stop. Otra cosa que hizo encender mis luces de advertencia era la explicación dada para justificar la tardanza: "nos perdimos"... Increíble!
Si el camino es muy sencillo: subir la Carretera el Cobre, llegar a la barrera, doblar a la derecha (porque no se puede pasar la barrera sin autorización) seguir hasta que termina el camino (ignorando la Carretera del Ácido, debidamente señalada) y desde ahí, casualmente, se ve la central, así que no hay cómo perderse, a no ser que... La explicación a la tardanza, la carcajada y al mastique incesante vendría solita: cuando le pregunté al masticador por unos detalles de los datos tomados el día antes (que estaba transcribiendo), éste se acercó para responder y me llegó de pleno un tufillo rancio de Bigtime con licor. Los técnicos no se perdieron camino de la central, sino que camino del hotel; entonces les dio sed y lo demás puede imaginarse fácilmente.
Un viaje a Mongolia
Como todos los días que voy al gimnasio, dejé preparada mi mochila del día antes; las toallas, la ropa, la botella, las zapatillas. Cuando empecé calculaba el tiempo y regresaba al depa a ducharme, así que iba y regresaba con la misma ropa. En pro del ahorro, y dado que no tengo mayor apuro en volver a casa, empecé a ducharme en el gimnasio. No corro peligro: las duchas son individuales, y el jabón líquido no puede caerse.
Ayer al regresar del trabajo, aprovechando que era temprano y para regresar temprano a casa, tomé mi mochila, que estaba lista, y partí. Una vez en los camarines, abro la mochila y ¡¿Los calzoncillos?! ¡¿Los soquetes?! faltaban. ¿No había dejado lista la mochila? me preguntaba, confundido. Dejé encerrado el equipo en el casillero y partí soplado a casa a traer lo que faltaba. Llegué bien, pero a poco andar me doy cuenta que no me alcanza la plata (¡por la mismísima!) para regresar: la tarjeta y el monedero quedaron en el casillero, con el resto de las cosas.
¿Qué hago? me preguntaba. ¿A quién le puedo pedir? Pasé a la lavandería del frente, poniendo la cara más compungida, a conversar con la dueña (doña Blanquita) que ya me conoce; me he convertido en cliente. Así que me hice con una deuda de cien pesos... miserables cien pesos, pero por 200 no me llevaba ningún colectivo. Entré como un ciclón al depa, recogí lo que me faltaba, y transformado en huracán partí a tomar colectivo.
Por ley de Murphy, el colectivo iba de luz roja en luz roja, hizo un desvío por una calle más lenta para dejar a un pasajero a ¡una cuadra! de la calle principal, y al quedar yo como único pasajero, al conductor le dio el ataque clásico del chofer de colectivo: se detenía ante personas que no habían hecho señas para detenerlo, tocaba la bocina a peatones indiferentes, en fin, desesperado por tomar pasajeros. El viaje que no debía durar más de 20 minutos, se transformó en uno de 40.
Ahora viene lo bueno: de vuelta al camarin, saco la ropa de la mochila, y entre la polera y los pantalones cortos ¿que había? Los calcetines. No importa -pensé- igual no más me faltaban los calzoncillos. Fui, hice mi rutina, sudé, me cansé, elongué, bajé a ducharme y de regreso, hurgando en la mochila no sé para qué, descubro con asombro un par de calzoncillos bien escondidos en uno de los bolsillos de afuera...
Esto pudo ser lo mismo que un viaje a Galicia.
¿Qué hago? me preguntaba. ¿A quién le puedo pedir? Pasé a la lavandería del frente, poniendo la cara más compungida, a conversar con la dueña (doña Blanquita) que ya me conoce; me he convertido en cliente. Así que me hice con una deuda de cien pesos... miserables cien pesos, pero por 200 no me llevaba ningún colectivo. Entré como un ciclón al depa, recogí lo que me faltaba, y transformado en huracán partí a tomar colectivo.
Por ley de Murphy, el colectivo iba de luz roja en luz roja, hizo un desvío por una calle más lenta para dejar a un pasajero a ¡una cuadra! de la calle principal, y al quedar yo como único pasajero, al conductor le dio el ataque clásico del chofer de colectivo: se detenía ante personas que no habían hecho señas para detenerlo, tocaba la bocina a peatones indiferentes, en fin, desesperado por tomar pasajeros. El viaje que no debía durar más de 20 minutos, se transformó en uno de 40.
Ahora viene lo bueno: de vuelta al camarin, saco la ropa de la mochila, y entre la polera y los pantalones cortos ¿que había? Los calcetines. No importa -pensé- igual no más me faltaban los calzoncillos. Fui, hice mi rutina, sudé, me cansé, elongué, bajé a ducharme y de regreso, hurgando en la mochila no sé para qué, descubro con asombro un par de calzoncillos bien escondidos en uno de los bolsillos de afuera...
Esto pudo ser lo mismo que un viaje a Galicia.
Acabo de regresar de almorzar del Casino Coya. No deja de ser una sorpresa almorzar ahí, porque el chef de la maison et mâitre de la cuisine es don Carlitos, que ya está pasado por el inventario de El Teniente. No tiene muy buena fama entre los trabajadores, a pesar de todo el tiempo que se lleva cocinando ahí; las concesiones pasan, Carlitos queda.
- Es chamullento, el Carlitos, dice don Juan Marín, nuestro analista. Chamullea mucho, el Carlitos. Una vez se le pasó la mano con la sal en la comida, y para arreglarlo le echó ¡azúcar! me contaba don Juan. Después los viejos lo querían matar, si ninguno pudo comer. Otra vez la sopa le quedó muy simple, y para espesarla le ralló pancito; yo por eso mejor me traigo mi choquita de la casa, termina.
- Es un cochino de mierda, me decía don Ricardo Fuentes, jefe de mantención mecánica ya retirado, mientras yo hacía mi memoria aquí. ¿Te hai fija'o que cuando sirve la sopa chorrea toda la taza? Y no contento con eso, en vez de limpiarla con un paño o con una toalla nova, le pasa la mano con el guante. Me consta que así lo hace. ¿Por qué no podrá servír sin chorrear? ¿Qué le costará? se preguntaba amargamente don Ricardo. Además el Carlitos cocina mal; entiendo que esté limitado en los ingredientes, ¡pero no tiene por qué quedarle mala la comida! rabiaba don Richard. Si se es buen cocinero la comida queda rica igual, concluía antes de terminar con la frase para el bronce: Yo por eso prefiero traer comida de la casa o cocinarme algo yo mismo: ¿cuánto me demoro?
El Emilio, nuestro conserje (también parte del inventario) siempre dice al regresar de comer estaba rica la comida, y normalmente recomienda un plato (el que él se sirvió). El problema es que como parámetro Emilio no es buen punto de referencia, porque encuentra buena toda la comida de Carlitos. Un día al cruzarnos le preguntamos qué tal estaba la comida, y la respuesta fue un inusual más o menos, no más, que nos produjo una crispación estomacal colectiva, y una preocupación acerca del futuro inmediato que se palpaba en el aire: las conversaciones cesaron hasta que nos sentamos frente a nuestras respectivas bandejas.
Cuando cambió la concesión del casino (entra: Sodexho; sale: Central de Restaurantes) los que estábamos aquí pensamos "mejorará la comida"; para nuestro lamento grupal, Carlitos fue ratificado en su puesto por Sodexho. Rayos. Con la llegada del nuevo concesionario cambiaron los asientos, que ya estaban bastante a mal traer, cambió el servicio y trajeron nuevas bandejas; las servilletas ahora tienen el logo de Sodexho, y el servicio viene individualizado, cerrado en bolsitas: punto para la higiene.
Las nuevas bandejas perdieron el adjetivo en una semana: al segundo o tercer día pude ver a Carlitos con un cuchillo el tonto de grande (como he oído a varios viejos por acá decir) picando repollo en una de las bandejas ex-nuevas. Sodexho había olvidado comprar tablas para picar, y aún no recuerda (no quiere): es difícil encontrar una tabla, perdón, bandeja, sin las profundas marcas del machete de Carlitos cruzándola de lado a lado. Y vaya que es desagradable almorzar en una bandeja desfigurada. Aún no encuentro (y me pregunto cuando encontraré) un pedazo de bandeja en mi ensalada.
Voy a coincidir con mis compañeros de trabajo en las apreciaciones respecto de don Carlitos, y además añado que es bastante poco ortodoxo en sus recetas y sus técnicas gastronómicas; con el tiempo he empezado a reconocer los nombres de los platos y a no dejarme guiar por el más apetitoso: una imagen vale más que mil palabras. Aprendí que los nombres de los platos, más que reflejar la realidad, son nombres de fantasía.
A veces sale un arroz marinero, que con vienesa y algún otro tipo de cecina cambia a napolitano. Una vez hubo cerdo al romero, pero en realidad era al orégano y nada más. Otra vez había sierra con no se qué: era una triste merluza maricuza con no se qué cosa. Otras veces hay unos pollos al horno más desabridos y mustios que un papel mojado, unos strogonoff en una salsa entre rojo y café, semitranslúcida con unas partículas oscuras en suspensión (¿los taninos del vino?) acompañado de un arroz blanco a medio cocer. Otra vez tenía unos fettucinne à la Alfredo (¡A la Carlitos, será! le espetó un sonriente don Ricardo esa vez), con una salsa blanca sin jamón, con pecas: abundante orégano.
Hoy había Chap Sui (Chop Suey, comou dicen lous gringous) de pavo (shaczui de pao, en palabras del chef), unos cubos de pavo en una salsa cafecita, con zanahoria, coliflor y algo verde, que de seguro no era brócoli y todo esto acompañado de papitas doradas al horno: no me atreví a probarlo. Como opción, lomo al jugo con espirales con orégano (carne cocida al jugo pasada por el horno con fideos hervidos) que no sé como se les pasó no ponerle filete de cordero cocido en vino blanco acompañado de pasta a la menta (como son tan aficionados a la cocina-ficción...) y fettucinne con salsa "como italiana" (una variación, o una deconstrucción, del strogonoff de la casa). Y todas las combinaciones posibles: carne con cualquiera de los dos tipos de fideos o con papas o con nada (la ensalada la pone uno después), el shaczui con papas o con fideos, la "como italiana" con las papas o con cualquiera de los tipos de fideos.
O uno puede elegir para almorzar el hipocalórico, más sanito, aunque no sé que tan hipo sea. Puede que al comerlo dé hipo: lo conservan en el refrigerador, y al comerlo se puede sentir crujir las verduras (¿o serán las amalgamas?) por lo frías que están. A veces se lucen con el hipocalórico, con palta, huevo, quesillo, atún, ciboulette, o le ponen un omelette avec champignons, y otras veces es sólo un mix de las ensaladas del día con un adelanto de alguna de las ensaladas de mañana. Sobre todo cuando el hipo trae tomate relleno: 70% tomate, 15% relleno y excipientes c.s. El relleno del tomate no alcanza ni para rellenar un pan.
Cada día que paso a almorzar le pregunto al chéf algo como ¿qué delicias/maravillas de la gastronomía preparó hoy? o algo como ¿qué delicia/sorpresa hay para hoy? o como ...y el hipocalórico, ¿qué trae? (Hay días en que lo que más se deja comer es el subestimado hipocalórico.)
Como puede verse, tenemos un chef cuya cocina, lejos de ser haute cuisine es basse cuisine. El casino no es Cordon Bleu, es Cordon Noir. Es que Carlitos no es cocinero, es ayudante de cocina, suele decir don Juan Marín. A diferencia de otros renombrados chefs (Peschiera, Carpentier o Mühlenbrock o Pacheco o la señora Pachita) Carlitos, más que hacer la comida, la perpetra.
- Es un cochino de mierda, me decía don Ricardo Fuentes, jefe de mantención mecánica ya retirado, mientras yo hacía mi memoria aquí. ¿Te hai fija'o que cuando sirve la sopa chorrea toda la taza? Y no contento con eso, en vez de limpiarla con un paño o con una toalla nova, le pasa la mano con el guante. Me consta que así lo hace. ¿Por qué no podrá servír sin chorrear? ¿Qué le costará? se preguntaba amargamente don Ricardo. Además el Carlitos cocina mal; entiendo que esté limitado en los ingredientes, ¡pero no tiene por qué quedarle mala la comida! rabiaba don Richard. Si se es buen cocinero la comida queda rica igual, concluía antes de terminar con la frase para el bronce: Yo por eso prefiero traer comida de la casa o cocinarme algo yo mismo: ¿cuánto me demoro?
El Emilio, nuestro conserje (también parte del inventario) siempre dice al regresar de comer estaba rica la comida, y normalmente recomienda un plato (el que él se sirvió). El problema es que como parámetro Emilio no es buen punto de referencia, porque encuentra buena toda la comida de Carlitos. Un día al cruzarnos le preguntamos qué tal estaba la comida, y la respuesta fue un inusual más o menos, no más, que nos produjo una crispación estomacal colectiva, y una preocupación acerca del futuro inmediato que se palpaba en el aire: las conversaciones cesaron hasta que nos sentamos frente a nuestras respectivas bandejas.
Cuando cambió la concesión del casino (entra: Sodexho; sale: Central de Restaurantes) los que estábamos aquí pensamos "mejorará la comida"; para nuestro lamento grupal, Carlitos fue ratificado en su puesto por Sodexho. Rayos. Con la llegada del nuevo concesionario cambiaron los asientos, que ya estaban bastante a mal traer, cambió el servicio y trajeron nuevas bandejas; las servilletas ahora tienen el logo de Sodexho, y el servicio viene individualizado, cerrado en bolsitas: punto para la higiene.
Las nuevas bandejas perdieron el adjetivo en una semana: al segundo o tercer día pude ver a Carlitos con un cuchillo el tonto de grande (como he oído a varios viejos por acá decir) picando repollo en una de las bandejas ex-nuevas. Sodexho había olvidado comprar tablas para picar, y aún no recuerda (no quiere): es difícil encontrar una tabla, perdón, bandeja, sin las profundas marcas del machete de Carlitos cruzándola de lado a lado. Y vaya que es desagradable almorzar en una bandeja desfigurada. Aún no encuentro (y me pregunto cuando encontraré) un pedazo de bandeja en mi ensalada.
Voy a coincidir con mis compañeros de trabajo en las apreciaciones respecto de don Carlitos, y además añado que es bastante poco ortodoxo en sus recetas y sus técnicas gastronómicas; con el tiempo he empezado a reconocer los nombres de los platos y a no dejarme guiar por el más apetitoso: una imagen vale más que mil palabras. Aprendí que los nombres de los platos, más que reflejar la realidad, son nombres de fantasía.
A veces sale un arroz marinero, que con vienesa y algún otro tipo de cecina cambia a napolitano. Una vez hubo cerdo al romero, pero en realidad era al orégano y nada más. Otra vez había sierra con no se qué: era una triste merluza maricuza con no se qué cosa. Otras veces hay unos pollos al horno más desabridos y mustios que un papel mojado, unos strogonoff en una salsa entre rojo y café, semitranslúcida con unas partículas oscuras en suspensión (¿los taninos del vino?) acompañado de un arroz blanco a medio cocer. Otra vez tenía unos fettucinne à la Alfredo (¡A la Carlitos, será! le espetó un sonriente don Ricardo esa vez), con una salsa blanca sin jamón, con pecas: abundante orégano.
Hoy había Chap Sui (Chop Suey, comou dicen lous gringous) de pavo (shaczui de pao, en palabras del chef), unos cubos de pavo en una salsa cafecita, con zanahoria, coliflor y algo verde, que de seguro no era brócoli y todo esto acompañado de papitas doradas al horno: no me atreví a probarlo. Como opción, lomo al jugo con espirales con orégano (carne cocida al jugo pasada por el horno con fideos hervidos) que no sé como se les pasó no ponerle filete de cordero cocido en vino blanco acompañado de pasta a la menta (como son tan aficionados a la cocina-ficción...) y fettucinne con salsa "como italiana" (una variación, o una deconstrucción, del strogonoff de la casa). Y todas las combinaciones posibles: carne con cualquiera de los dos tipos de fideos o con papas o con nada (la ensalada la pone uno después), el shaczui con papas o con fideos, la "como italiana" con las papas o con cualquiera de los tipos de fideos.
O uno puede elegir para almorzar el hipocalórico, más sanito, aunque no sé que tan hipo sea. Puede que al comerlo dé hipo: lo conservan en el refrigerador, y al comerlo se puede sentir crujir las verduras (¿o serán las amalgamas?) por lo frías que están. A veces se lucen con el hipocalórico, con palta, huevo, quesillo, atún, ciboulette, o le ponen un omelette avec champignons, y otras veces es sólo un mix de las ensaladas del día con un adelanto de alguna de las ensaladas de mañana. Sobre todo cuando el hipo trae tomate relleno: 70% tomate, 15% relleno y excipientes c.s. El relleno del tomate no alcanza ni para rellenar un pan.
Cada día que paso a almorzar le pregunto al chéf algo como ¿qué delicias/maravillas de la gastronomía preparó hoy? o algo como ¿qué delicia/sorpresa hay para hoy? o como ...y el hipocalórico, ¿qué trae? (Hay días en que lo que más se deja comer es el subestimado hipocalórico.)
Como puede verse, tenemos un chef cuya cocina, lejos de ser haute cuisine es basse cuisine. El casino no es Cordon Bleu, es Cordon Noir. Es que Carlitos no es cocinero, es ayudante de cocina, suele decir don Juan Marín. A diferencia de otros renombrados chefs (Peschiera, Carpentier o Mühlenbrock o Pacheco o la señora Pachita) Carlitos, más que hacer la comida, la perpetra.
Tuesday, November 02, 2004
¿Cómo mal administran la libertad los ejecutivos?
Hay dos formas comunes. Primero, los administradores tienden a cambiar las metas frecuentemente o fallar en definirlas claramente. Los empleados pueden tener libertad acerca del proceso, pero si no saben hacia dónde se dirigen, tal libertad no tiene sentido. Y segundo, algunos administradores quedan cortos en este aspecto, otorgando libertad de nombre solamente. Dicen que sus empleados están “autorizados” para explorar el laberinto a medida que buscan la solución, pero de hecho, el proceso está preescrito. Los empleados divergen bajo su propio riesgo.
¿Cómo mal administran la libertad los ejecutivos?
Hay dos formas comunes. Primero, los administradores tienden a cambiar las metas frecuentemente o fallar en definirlas claramente. Los empleados pueden tener libertad acerca del proceso, pero si no saben hacia dónde se dirigen, tal libertad no tiene sentido. Y segundo, algunos administradores quedan cortos en este aspecto, otorgando libertad de nombre solamente. Dicen que sus empleados están “autorizados” para explorar el laberinto a medida que buscan la solución, pero de hecho, el proceso está preescrito. Los empleados divergen bajo su propio riesgo.
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